Tres meses han transcurrido desde que, arrastrando mi dignidad y mi maleta, abandoné aquella mansión, con Abigail aferrada a mi costado como si fuera mi único salvavidas en medio de un océano oscuro.
Hoy me erijo en el centro de mi propio imperio, un estudio privado que grita éxito en cada rincón, rodeada por doce vestidos que cuelgan como trofeos de una batalla ganada. No son solo telas, encajes o bordados; son la prueba viviente de que Luciana no necesitaba el apellido de un hombre para brill