La puerta de hierro se cerró detrás de mí con un golpe seco que retumbó directamente en mi cráneo, dejándome claro que mi libertad se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. El dolor en mi brazo izquierdo era insoportable, una quemadura constante que me recordaba la crueldad de Rebeca, pero el dolor en mi alma era mil veces peor al pensar en mi pequeña Lorena sola en ese hospital.
Me obligaron a sentarme en una silla de metal que cortaba la circulación de mis piernas, frente a una mesa gast