Por orden de Miguel, el detective Rogers no tuvo más remedio que conseguir un médico que me atendiera. Lo hizo con la cara tensa, como si cada segundo que pasaba obedeciendo esa orden le quemara por dentro. El doctor llegó, revisó mis heridas en silencio, recetó algo que nunca me dieron y se fue.
Y entonces llegó la verdadera sentencia: no tenía dinero para pagar la fianza. Ni un peso. Ni un favor que pudiera cobrar. Así que me cerraron la puerta de la libertad en la cara y me empujaron hacia el