ISABELLA
Una mirada pálida se formó en el rostro de Esmeralda cuando dije esto, y me miró fijamente, con la mente en blanco.
—¡Katherine! —escuché al alfa llamar mi nombre—. Tenemos que irnos ahora. ¡Súbete al auto! —espetó.
—Ella ya se ha ido —dije, ignorando a Pedro Genaro, que echaba humo detrás de mí.
—¿Por qué tengo que preocuparme por alguien que ya no está viva? ¿No crees que es una completa pérdida de tiempo? —pregunté, con una sonrisa floreciendo en mi rostro.
Isabella ya estaba muerta