Pedro
El aire en la cumbre del Altar de la Creciente no pertenecía al mundo de los hombres comunes; era la respiración misma del norte, destilada en ráfagas de un frío tan absoluto que quemaba los pulmones con cada inhalación. Nos encontrábamos en la terraza más alta de la fortaleza, una plataforma circular tallada directamente en la roca viva de la montaña, donde el granito negro se fundía con el hielo eterno del pico. Sobre nuestras cabezas, el cielo nocturno se abría como un manto de terciop