Pedro
El crujido de la escarcha bajo mis botas de cuero era el único sonido que rompía la solemne quietud del bosque de pinos ancestrales. Nos encontrábamos a varios kilómetros de la fortaleza, en una vaguada interior donde los árboles crecían tan altos y densos que sus copas entrelazadas apenas permitían que los rayos del sol de la tarde dibujaran líneas de oro pálido sobre el suelo cubierto de agujas secas y nieve fresca. El aire allí tenía una pureza casi sagrada, un aroma a resina congelada