Isabella
El rugido de la multitud, que un momento antes amenazaba con derribar las pesadas vigas de roble del techo, se calmó de golpe cuando metí la mano bajo la tela rota de mi corpiño, justo donde la pesada capa del cautiverio había rozado mi piel durante horas.
No buscaba otra pócima de escape rápido, ni un arma de hierro oculto para defenderme de los soldados de Vane que aún dudaban en las sombras de los pilares. Mis dedos, firmes y desprovistos del temblor que la debilidad física me había