Isabella
El silencio que siguió a las palabras de la vieja sirvienta no fue de asombro, sino de una indignación sorda y peligrosa que comenzó a vibrar en los muros del Gran Salón.
La verdad ya no era un murmullo difuso en los pasillos de la finca; era una marea imparable que derribaba cada columna del templo de mentiras que Vane y Esmeralda habían construido para proteger su usurpación.
Los rostros de los guerreros veteranos, aquellos que habían servido bajo las órdenes de mi padre, mostraban u