Isabella
El veredicto final no necesitó de largas deliberaciones a puerta cerrada, ni del engorroso escrutinio de aquellos pergaminos amarillentos y decretos amañados que Elder Vane había blandido con soberbia como armas legales durante toda la mañana.
El Gran Salón dictó su propia sentencia de forma orgánica, manifestándose a través del peso aplastante de un silencio unánime que rodeó al viejo juez, un aislamiento tan absoluto y gélido que cada uno de sus intentos desesperados por respirar el