Ciento ochenta y uno

Isabella

El veredicto final no necesitó de largas deliberaciones a puerta cerrada, ni del engorroso escrutinio de aquellos pergaminos amarillentos y decretos amañados que Elder Vane había blandido con soberbia como armas legales durante toda la mañana.

El Gran Salón dictó su propia sentencia de forma orgánica, manifestándose a través del peso aplastante de un silencio unánime que rodeó al viejo juez, un aislamiento tan absoluto y gélido que cada uno de sus intentos desesperados por respirar el
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