89: Todos moriremos por su culpa

El sol agonizante teñía de rojo el patio cuando Seth se quedó solo, con sus nudillos aún blancos de tanto apretar los puños. El eco de las palabras de Mia resonaba en su cráneo como un martilleo persistente: "Ese vínculo no puede atarnos al pasado". Respiró hondo, sintiendo el aire frío quemarle los pulmones, cuando unos pasos firmes interrumpieron su tormento interno. Deimos emergió de las sombras del castillo con la elegancia de un depredador, pero su rostro, generalmente impasible, delataba
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