Desde aquella noche, Amelia comenzó a pasar más tiempo en el jardín, encontraba el lugar como un santuario de paz y reflexión. Pasaba horas observando las flores, sintiendo la brisa y tratando de darle sentido a la misteriosa voz que había oído. Cada amanecer y cada atardecer, recorría el jardín en busca de alguna pista, alguna señal que le indicara qué hacer o hacia dónde dirigirse, pero sus búsquedas resultaban infructuosas. Una mañana, mientras estando aburrida jugaba distraídamente con los