Amelia entró en el salón del castillo, con su mirada clavada en la alfombra gruesa que amortiguaba sus pasos. Las miradas que sentía sobre ella pesaban como una carga invisible, pero tangible. La atmósfera estaba tensa, cargada con las expectativas y juicios de aquellos presentes. Amelia, con su delgadez etérea y su melena pelirroja y ondulada cayendo en cascada por su espalda, parecía una llamarada desplazándose por la habitación. Lilly, con su sonrisa desdeñosa, se aseguró de que Amelia se se