El viento aullaba entre las torres del castillo, arrastrando consigo el olor a salitre y ceniza. Mia se incorporó con un gemido y con los dedos aferrándose al borde del trono de ébano donde yacía desplomada. La sangre de su palma izquierda había formado un charco oscuro sobre los grabados lunares del asiento.
—¿Qué...? —Su voz sonó ronca, como si llevara días gritando.
Deimos cayó de rodillas frente a ella, con sus manos callosas temblando al sostenerle el rostro. Las facciones alrededor de s