LA TORMENTA FINAL
El aire en Velkan olía a hierro y electricidad. Las flores blancas que una vez sanaron la tierra ahora se cerraban como garras, sus pétalos eran afilados como cuchillas. En el horizonte, el cielo se partía en dos: de un lado, la luz plateada de Mia; del otro, un rojo oscuro que manchaba las nubes como sangre coagulada.
Ayla y Seth avanzaban hacia el castillo, pero cada paso que daban era una batalla. El suelo mismo parecía rechazarlos. Las runas en los brazos de Ayla ardían,