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El aire en los jardines se volvió sofocante, cargado de una energía que no pertenecía del todo al mundo físico. Mia retrocedió dos pasos más, su respiración era errática y su piel estaba ardiendo con el poder que pulsaba dentro de ella como un fuego imposible de extinguir. Deimos la observó con un gesto tenso manteniendo sus manos aún semilevantadas, como si su instinto le gritara que debía sujetarla de nuevo, impedir que cayera aún más en el abismo al que se estaba entregando. Pero sabía que