Muerte
Si alguien le hubiera dicho a Ana que iba a morir ese día, probablemente habría asentido con serenidad. No de miedo. De aceptación.
El entrenamiento había comenzado después del almuerzo, temprano… cuando el sol apenas despuntaba y dejaba ver algunos rayos y el aire todavía mordía los pulmones. Para el mediodía, Ana estaba convencida de que su cuerpo ya no le pertenecía. Era una entidad aparte, resentida, odiada, que protestaba en cada músculo y articulación como si hubiera firmado un contrato que jamás leyó.
-Bien. -Dijo el instructor, con una sonrisa que claramente no era humana. -Evaluación física básica.
Básica. Esa palabra era tan menospreciante.
Ana odió esa palabra con una intensidad nueva.
Primero fueron las carreras. No una o dos. Vueltas interminables alrededor del campo de entrenamiento, subiendo y bajando desniveles, atravesando el barro que se formaba al pisar tanto la misma zona, esquivando obstáculos improvisados. El suelo parecía tener vida propia, dispuesto a