Muerte
Si alguien le hubiera dicho a Ana que iba a morir ese día, probablemente habría asentido con serenidad. No de miedo. De aceptación.
El entrenamiento había comenzado después del almuerzo, temprano… cuando el sol apenas despuntaba y dejaba ver algunos rayos y el aire todavía mordía los pulmones. Para el mediodía, Ana estaba convencida de que su cuerpo ya no le pertenecía. Era una entidad aparte, resentida, odiada, que protestaba en cada músculo y articulación como si hubiera firmado un co