Muerte y Vida
Ana todavía tenía las manos temblorosas cuando intentó ponerse de pie, pero sus piernas no le respondieron. La nieve bajo ella parecía más blanda que antes, casi líquida, como si su propio cuerpo la estuviera derritiendo.
Sus ojos seguían clavados en el lobo. O lo que quedaba de él.
El cadáver era una sombra de sí mismo. Piel hundida, pelaje reseco, mandíbula abierta en un gesto que no llegó a ser un último gruñido. Vacío. Desprovisto de todo y ella lo había hecho.
-Yo lo toqué…