Trabajo Duro II
El sueño vino sin aviso. Como siempre, no traía consuelo, sino esos recuerdos que se clavan como espinas antiguas.
Primero fue una voz. Quebrada, desesperada.
-No puede ser… no puede ser nuestra bebé…
Luego, el llanto. No el de un bebé, sino el de una loba joven. Una madre rota. Un sonido que Ana no recordaba con la mente, sino con un corazón afligido.
El paisaje se volvió bruma, una habitación oscura, el olor a metal, el frío adherido a su piel pequeña. Una anciana inclinada so