78. YO SOY TU DUEÑA

ISABELLA

Estaba en el interior de un cuarto, con dos velas como única iluminación encima de las mesitas antiguas.

Sobre la enorme y robusta cama de hierro, yacía un cuerpo desnudo y musculoso, mostrándose bajo las luces titilantes.

Sus tobillos, fuertemente encadenados a unos postes de acero que se elevaban hasta el techo.

Lo obligaban a abrir las piernas y poner como en exposición esa gloriosa y gruesa polla, justo frente a mis ojos desorbitados.

Subí la mirada llena de perversión por el abdomen contraído, brillando por las gotas de sudor que bajaban desde sus fuertes pectorales.

Diosa bendita…

Los robustos brazos estaban estirados sobre su cabeza y las muñecas atadas al cabecero, lleno de cadenas agresivas que se enredaban como serpientes en sus extremidades.

“Esto… ¿es una ilusión?” Thera tartamudeó con la calentura en aumento.

“Dímelo tú, que para eso eres mi sentido común” le dije, pero ninguna de las dos podía pensar con coherencia mientras me acercaba al pie de la cama.

Mis pez
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