59. UNA MUJER MISTERIOSA
ISABELLA
Ash gruñó, bajó de la cama de un salto y se paró amenazante entre esa señora y la atolondrada hembra que luchaba por acomodarse la ropa sobre una cama.
O sea… yo.
—¡Te atreves a enfrentarme después de usar mi cabaña como posada! ¡Lobo desvergonzado!
Le gritó, alzando la mano, donde una llama rojiza apareció, y el rugido de Ash se volvió más salvaje ante la amenaza real.
—¡Espera, tranquilo Ash! —me arrojé como quien no le tiene miedo a la muerte y sostuve al enorme animal, encerrando s