—¿De verdad van a abrir una bodega?
—Ese es su sueño, o al menos, es el de Egbert. Y Carling está muy feliz por compartirlo. Dondequiera que su hombre vaya, ella también va —bromeó, pero la sombra que cruzó el rostro de Carl le arrancó la sonrisa—. ¿Qué es lo que pasa?
Sin pensarlo, extendió el brazo al otro lado de la mesa y le tocó la mano.
Él saltó, pero no se apartó. En su lugar, miró hacia abajo, a su pálida mano sobre la suya más grande, y luego le acarició los nudillos con el pulgar, en