El sol de la tarde en Sarasota bañaba el parque con una luz dorada y pacífica. Leo y Mia corrían hacia los columpios con la energía inagotable que solo los niños poseen tras una merienda de frutas y galletas. Amber, vestida con unos jeans que abrazaban sus curvas y una blusa sencilla, los observaba con una sonrisa, aunque su mente seguía anclada en la intensidad de la noche anterior con Tyler.
—¡Amber! ¡Mira qué alto llego! —gritó Leo, impulsándose con fuerza.
—¡Cuidado, pequeño astronauta! No