Noah sostenía al pequeño Oliver entre sus brazos como si cargara el tesoro más valioso del mundo. El bebé apenas tenía unos minutos de vida y, aun así, ya apretaba con fuerza sus diminutos puños mientras su llanto comenzaba a calmarse poco a poco. Noah no podía apartar los ojos de él. Sentía que el pecho le dolía de felicidad. Durante meses había imaginado aquel momento, pero la realidad superaba cualquier sueño que hubiera podido tener.
Una enfermera se acercó sonriendo al verlo completamente