Cinco años. Eso es lo que llevamos Damien y yo casados. Siete si contamos los dos años que salimos antes de que me pusiera ese ridículo diamante en el dedo delante de la mitad de nuestros amigos y familiares en una azotea que había alquilado solo para asegurarse de que nadie arruinara el momento.
En aquella época no podíamos quitarnos las manos de encima. Lo hacíamos en todas partes: ascensores, guardarropas de galas, el asiento trasero de su coche con la pantalla de privacidad subida y el cond