Se inclinó sobre mí, con la boca rozándome la oreja.
—Bien —susurró. Luego me besó con hambre, como si me estuviera reclamando. Como si hubiera estado muriéndose de ganas tanto tiempo como yo.
Sus manos estuvieron sobre mí al instante: una enredada en mi pelo, la otra bajando por mi espalda, presionándome contra él para que pudiera sentir lo duro que ya estaba. Gemí contra su boca y él se tragó el sonido, empujándome hacia atrás hasta que mi culo chocó contra el borde de su escritorio.
Rompió e