No había visto a Mason Reed en cuatro años, desde el día que se fue al entrenamiento básico justo después de la graduación del instituto. Llevaba su bolsa al hombro, le dio un abrazo rápido a Mia y a mí me revolvió el pelo como si todavía fuera la niña molesta de catorce años que los seguía a todas partes.
En aquel entonces él tenía veintidós años, ya era alto y fuerte por los años de fútbol y lo que fuera que hiciera para llenar su tiempo, con ese pelo oscuro siempre revuelto que le caía sobre