El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que podían escucharlo. El latido retumbaba en mis oídos, en mi pecho, en mi garganta. Un martilleo frenético que me recordaba que seguía viva, pero que, por un instante, solo un instante, había dejado de respirar.
Porque vi a Ramsés en el suelo.
No lo estaba, no realmente. Pero mi mente, traicionera, me mostró la imagen con una claridad aterradora: su cuerpo inerte sobre el asfalto, los ojos abiertos mirando la nada, un agujero oscuro en