Elizabeth Carnegie.
Lucius me levantó de un solo jalón, como si no pesara nada. Pero a la vez, fue delicado. Como si supiera exactamente cuánta fuerza podía aplicar sin romperme.
Mis piernas temblaron. De inmediato supe que, de no ser por él, no habría sido capaz de mantenerme en pie. El mundo seguía girando a mi alrededor, borroso, inestable, y el único punto fijo era su pecho contra mi hombro, su mano en mi cintura, su calor filtrándose a través de la tela de mi ropa manchada de sangre.
Luci