389. El juramento que aprende a respirar.
Lo primero que siento no es triunfo ni alivio, sino una calma extraña que se instala en mí como una marea que, tras golpear con violencia, decide quedarse a vivir en la orilla, y en esa quietud recién nacida descubro algo que me inquieta más que cualquier amenaza abierta: el poder ya no se agita para ser usado, espera, atento, como si por primera vez confiara en que sabré cuándo llamarlo y cuándo dejarlo dormir.
Permanezco inmóvil unos instantes, no por cansancio, sino porque intuyo que moverme