289. Entonces lo escucho.

El salón sigue sellado, aunque la noche ya se retira en los vitrales altos como si el amanecer temiera entrar. Las velas se consumen despacio, dejando ese humo tenue que parece memoria de los cuerpos que hace poco se rozaron aquí, de las palabras que todavía vibran en las paredes. No sé si lo que siento en la piel es calor o un resto del poder del beso; me arde la nuca, me arden las manos. Cada cosa parece tener un pulso propio, como si el aire respirara conmigo.

El emisario duerme en la cámara
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