243. La lengua afilada.
Lo siento antes de verlo, la vibración distinta del aire cuando él entra en mis aposentos privados, como si el mármol mismo de los muros reconociera que no es un visitante cualquiera, sino un enemigo disfrazado de cortesano. El perfume amaderado que arrastra con él corta el dulzor de los inciensos que arden en las lámparas de bronce, y cuando cierro el libro que apenas estaba hojeando, mis dedos tiemblan con una anticipación que no quiero reconocer, porque sé que lo que va a ocurrir aquí no ser