El Museo Metropolitano de Arte se alzaba sobre la Quinta Avenida como un titán iluminado. La alfombra roja, custodiada por cientos de cámaras cuyos flashes creaban una tormenta eléctrica artificial, era el terreno donde Alexander Sterling solía reinar con una frialdad absoluta. Pero esta noche, el protocolo había cambiado.
—Mila, ni una palabra sobre el jarrón de la abuela, ni sobre las monedas, ni mucho menos sobre el helado de tres bolas —advirtió Alexander mientras el chófer abría la puerta del Maybach—. Hoy eres una Sterling. Compórtate como tal.
Mila se alisó su vestido de seda azul noche, una réplica exacta en miniatura de los diseños de alta costura que desfilaban por la entrada. Me miró de reojo y luego a su tío.
—El silencio también tiene un precio, tío Alex —murmuró ella con una sonrisa felina antes de bajar del auto.
Al entrar, el murmullo de la élite de Nueva York se detuvo por un segundo. Alexander, imponente en su esmoquin negro, caminaba con Mila de la mano. Yo iba un p