El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor cardíaco fueron las primeras cosas que Lazaro percibió. Sus párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. Cuando finalmente logró abrirlos, el mundo era un borrón blanco y doloroso.
No podía moverse. Su cuerpo era una masa de dolor sordo, envuelta en vendajes que lo hacían sentir como una momia. Tenía una pierna fracturada, tres costillas rotas y quemaduras de segundo grado en el brazo izquierdo. Pero lo que más le dolía era el vacío en su memoria... hasta que el destello de la explosión regresó a su mente como un relámpago.
—Iria... —intentó decir, pero su garganta estaba seca y su voz sonó como el crujir de cristales rotos.
Un oficial de la policía alemana y un médico entraron en la habitación. No había compasión en sus rostros, solo una fría eficiencia.
—Señor Quiroga, está usted en la unidad de cuidados intensivos de Frankfurt —dijo el médico—. Es un milagro que sobreviviera a una caída de cincuenta metros y a la ex