Mía no esperó a ver cómo los noticieros devoraban la caída de Ian Dumont. Esa misma noche, mientras la policía le tomaba declaración a un Ian esposado y humillado, ella ya estaba en la estación de autobuses. Llevaba una sola maleta y una resolución que pesaba más que su propio cuerpo. Dejó su teléfono en un basurero; no quería hilos que la conectaran con la mujer que permitía que la llamaran "ballena" o "herramienta".
Se refugió en un pueblo costero a cientos de kilómetros, un lugar donde el aire olía a sal y nadie sabía qué era un Porsche o una junta directiva. Allí, bajo un nombre falso, Mía empezó a reconstruirse. El odio seguía ahí, pero ahora era un motor silencioso. Cada mañana, frente al mar, sentía las náuseas que le recordaban que, aunque había destruido a Ian, él le había dejado un ancla definitiva: estaba embarazada.
—No serás como él —susurraba Mía, tocándose el vientre—. Tendrás mi fuerza, no su veneno.
Mientras tanto, la ciudad era un infierno para Ian. La venganza de Mí