El vestíbulo de la sede central del Grupo Ferragotti era un monumento a la opulencia: mármol de Carrara, lámparas de cristal que parecían cascadas de luz y una seguridad tan estricta que solo los nombres más poderosos del país lograban cruzar el umbral.
Julián y Beatriz caminaban con el pecho inflado, saludando a conocidos de segunda categoría y fingiendo que pertenecían a ese mundo desde siempre. Julián ajustó su corbata de seda, sintiéndose el rey de la noche.
—Mira ese despliegue, Julián —susurró Beatriz, aferrada al brazo de su hijo—. Todo esto es para ti. Al fin estamos donde pertenecemos. ¿Te imaginas si hubieras traído a Alessandra? Estaría escondida en un rincón, muerta de vergüenza.
—Ya no hablemos de ella, mamá. Hoy comienza mi nueva vida —respondió Julián, entregando su invitación al guardia de la entrada.
El guardia revisó el nombre en la tableta. Su expresión cambió de la cortesía a una frialdad profesional.
—Señor Valdivia. Por favor, espere un momento. Su acceso ha sido