El Hospital Militar de Miami parecía una fortaleza de cristal y acero, pero para Elena Valerius, no era más que una morgue elegante. Apenas habían pasado unas horas desde que colgó el teléfono con Dante Voronin, y el aire en su habitación se sentía diferente. Ya no era la atmósfera pesada de una víctima, sino la quietud gélida de quien espera el momento exacto para clavar la daga.
Elena observaba su mano derecha. Los tendones, destrozados por la bota de Alaric, se sentían como cables pelados bajo su piel. Intentó cerrar el puño, pero solo obtuvo un espasmo inútil y un dolor punzante que le recordó su nueva realidad: la mejor cirujana del país ya no podía sostener una taza de café, mucho menos un bisturí.
La puerta se abrió de golpe, rompiendo el silencio. Alaric entró con su habitual zancada de mando. No venía solo; dos oficiales de su guardia personal flanqueaban la entrada como gárgolas de uniforme pixelado.
—Elena, te traje esto —dijo él, ignorando el vacío en la mirada de su espos