Al mediodía ya estaban listos los papeles para el traslado. Mientras Clara guardaba sus cosas, Lucas irrumpió en la habitación.
—¡Clara! ¿Por qué quieres cambiarte de hospital? ¿Es por mi culpa?
Ella lo ignoró por completo y siguió empacando en silencio.
Lucas se apresuró a tomarle la mano, suplicando con la voz quebrada:
—Clara, por favor, hablemos. ¡No sigas evitándome!
Su mano estaba helada. Clara la apartó de un tirón, con una frialdad cortante:
—¿Es que no tienes fin, Lucas? Te agradezco que me salvaras durante el terremoto, pero eso no te da derecho a acosarme. Mi familia te compensará con una buena suma de dinero. Considéralo tu recompensa. Pero deja de molestarme de una vez.
Lucas trastabilló. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a respirar entrecortado.
—Clara, ¿qué tengo que hacer para que me perdones? Yo sé que volviste a vivir, lo veo en tu mirada. No puedes engañarme. ¿Por qué no podemos hablar en serio?
Clara puso los ojos en blanco y contestó con fastidio:
—Lucas