César entró en la habitación de Celia justo cuando ella tomaba unas pastillas. Al verlo aparecer repentinamente, escondió el frasco.
Él se abalanzó hacia ella, agarrando su muñeca con fuerza. Sus ojos ardían de ira.
—¿Qué escondes?
Ella se encogió de dolor.
—¡Suéltame! —le gritó.
—¿Fuiste tú quien me drogó? —le preguntó él.
Sus palabras le partieron el corazón... Celia dejó escapar sin querer una risa amarga.
—¿Crees que te drogué? ¿Soy masoquista? ¿Te parece que disfruté mucho cómo me trataste