Después de saludar alegremente a todos, Lía se sentó en el puesto frente a Celia y colocó el café que había traído sobre su escritorio.
—Toma, te lo compré.
Celia volvió en sí.
—Pensé que renunciarías después de unos pocos días.
—¡Para nada! Es que estos días estuve un poco cansada por la mudanza y necesitaba descansar —dijo Lía. Luego, miró a la oficina de Nicolás. Era raro verla completamente cerrada—. Vaya, ¿será que ese hombre está escondiendo a una belleza ahí dentro? Debo ir a ver.
—Oye… —