Al caer la noche, después de despedirse de sus colegas frente al edificio, Celia se dirigió hacia el garaje. Las luces del pasillo se encendieron una por una a su paso. Al alzar la mirada y reconocer la figura que tenía delante, sus pasos se detuvieron brevemente: César estaba recostado contra el capó de su auto, con los brazos cruzados. Su mirada serena se posaba sobre ella. Su expresión parecía un tanto indolente, pero irradiaba una presión innegable.
Después de aquella noche, ella aún no habí