A lo lejos, la mirada de César se posó en ella a través de la ventanilla del auto. Sobre el cristal, se podía ver en su cara las marcas de quemaduras recién recuperadas. De cerca, eran aún más visibles. Celia parecía tan frágil ante el viento que la escena iba a partirle el corazón. Le daban ganas de bajarse del auto de inmediato.
—Señor Herrera, debemos irnos ya. El señor Yael Lucero lo está esperando —dijo el chófer, volviéndose a mirarlo.
Con voz ronca, César le respondió:
—De acuerdo.
El aut