Al ver que terminó el espectáculo, los vecinos se dispersaron y el patio volvió a quedar en un silencio sepulcral. Celia se liberó del agarre de César y se dirigió hacia Rosa.
—Ya se fueron todos. Basta con la actuación. Escucha muy bien, César Herrera, aquí no eres bienvenido —le dijo a César con frialdad.
César bajó la mirada, sintiendo el calor residual que quedaba en dedos, pero su expresión se tornó sombría. Después de un buen rato de silencio, habló:
—Puedo irme, pero él también debe hacer