Esa palabra no le era extraña a Sonia. Antes, cuando vivía en Villa Azulejo, Andrés le enviaba exactamente lo mismo cada vez que la necesitaba. Ahora, mirando esas letras, sus ojos comenzaron a arder.
Mientras seguía contemplando el mensaje, el chofer la llamó.
—Señora, estoy en Calle América, pero no puedo entrar al callejón. ¿Podría salir, por favor?
Sonia se quedó en silencio, mordiéndose el labio.
—¿Señora? —insistió Wilmer.
—Ya voy —respondió finalmente, cambiándose de ropa para salir.
—¡Se