El otro ya estaba impaciente, y al escuchar el sonido de la cerradura, gritó —¡Largo!
Tras ese tajante grito, afuera todo quedó en silencio.
Incluso la persona en sus brazos hizo lo mismo.
Sonia parecía haber comprendido que su resistencia no tenía ningún sentido. La mano que antes estaba contra su pecho cayó lentamente, y hasta las lágrimas en sus ojos desaparecieron en ese momento.
Se recostó poco a poco, mirando hacia arriba la luz blanca del techo, con una mirada completamente vacía.
Después