El hospital de noche siempre tenía algo particularmente inquietante. La brillante luz roja de emergencia al final del pasillo, como sangre, hacía que el corazón se encogiera.
Para sorpresa de Sonia, además del asistente de Andrés, Ana también estaba sentada frente a la sala de emergencias. Parecía tener sangre en su ropa y estaba pálida.
Al ver a Andrés, corrió hacia él inmediatamente: —¡Andrés!
Como si toda la tensión contenida se liberara en ese momento, las lágrimas comenzaron a rodar por sus