La puerta del apartamento se abrió con un leve chirrido.
Cassie entró arrastrando los pies, con las pocas fuerzas que le quedaban. Ya era la una de la tarde. Apretaba contra su pecho una carpeta de tela que ocultaba varios bocetos, algunos de ellos rasgados en las esquinas y manchados de tierra. Cada paso le provocaba una punzada de dolor que se extendía por la parte baja de su cuerpo, consecuencia del forcejeo que había sufrido en aquel pasillo solitario.
—¿Cassie? ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado