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Capítulo 3: El engranaje del poder

Aleksei Volkov no cree en los milagros, pero cree ciegamente en la precisión. Tras la salida de Valentina de la sala de juntas, el aire de la oficina parece haber recuperado su temperatura glacial, pero los planos que ella dejó proyectados siguen quemando en su retina.

A las diez de la mañana, la sala de conferencias técnica se llena de hombres con rostros curtidos y voces graves. Aleksei preside la mesa, observando a su equipo de ingenieros jefe. Entre ellos, dos expertos árabes de larga trayectoria, conocidos por su conservadurismo arquitectónico, examinan los renderizados de Valentina con lupas digitales.

—Es... inusual —murmura Omar, el ingeniero senior, ajustándose sus gafas—. Diseñar una estructura que respira en lugar de una que simplemente resiste el calor. Tradicionalmente, nos aislamos del desierto. Esta mujer, esta arquitecta Reyes, propone integrarlo.

—Técnicamente, los cálculos de carga para los jardines suspendidos son impecables —admite otro técnico, con un tono de sorpresa que no logra ocultar—. Es un trabajo de una complejidad estructural admirable, especialmente viniendo de una firma extranjera. Y... —hace una pausa, mirando de reojo a Aleksei—, de una mujer tan joven.

Aleksei tamborilea los dedos sobre la mesa. Su mirada es una advertencia.

—En Volkov-Tech no pagamos por opiniones sobre el género o la edad, sino por viabilidad —su voz suena como un latigazo—. ¿Puede construirse sin que colapse en la primera tormenta de arena?

—Sí, señor Volkov —responde Omar con un suspiro de respeto—. No solo puede construirse, sino que, si el sistema de autorregulación funciona como ella proyecta, estaríamos ante el edificio más eficiente de los Emiratos. Es una genialidad técnica.

A mediodía, el escenario cambia. Aleksei se encierra con su equipo financiero. Los números en las pantallas no son verdes como los jardines de Valentina, sino rojos y agresivos.

—El riesgo es el factor tiempo, Aleksei —explica el director financiero, señalando una gráfica de suministros—. Con los cierres comerciales actuales y la inestabilidad de las rutas marítimas, traer los componentes específicos para ese sistema de filtrado podría retrasar la obra seis meses.

—Pero miren la proyección de salida —interviene Dimitri, que se ha mantenido inusualmente serio, analizando los datos—. El costo operativo a largo plazo cae un 40%. El valor de reventa de un complejo con certificación "Eco-Diamond" en este mercado es... bueno, es astronómico. Es una ganancia que roza lo absurdo.

Aleksei observa las gráficas. Su mente procesa las variables a una velocidad inhumana. El proyecto de Valentina no es un capricho; es una mina de oro disfrazada de selva. El único problema es que la mina tiene un dueño que él está a punto de destruir.

A las tres de la tarde, Aleksei baja a los niveles inferiores, donde el ruido de la ciudad se apaga y domina el murmullo de los mapas y las maquetas físicas. Allí se encuentra con Hassan, su jefe de operaciones y el hombre que Dimitri llama "el que hace realidad los sueños". Hassan ha pasado treinta años convirtiendo arena en acero.

—He mirado las opciones de terreno para el proyecto de la mexicana —dice Hassan, extendiendo un mapa topográfico sobre una mesa de madera—. Tenemos tres zonas. La zona A es terreno firme, pero sin alma. La zona C es el desierto puro.

—¿Y bien? —presiona Aleksei.

Hassan se rasca la barba canosa y mira a su jefe con franqueza.

—Para que esto funcione, señor, no basta con planos. Necesito a la arquitecta en el sitio. Necesito que ella, el jefe técnico y usted evalúen la inclinación de las dunas y la luz solar de la tarde. Si queremos que esas plantas no mueran, tenemos que ver dónde nace el sol sobre la arena. No se puede decidir esto desde un piso cincuenta y dos.

Aleksei aprieta la mandíbula. La idea de pasar una tarde entera bajo el sol, en la intimidad del desierto, con Valentina Reyes, es una complicación que no figuraba en su agenda.

Al caer la tarde, la torre comienza a vaciarse. Solo quedan Aleksei y Dimitri en el despacho principal, con la ciudad de Dubái empezando a encenderse bajo sus pies como una alfombra de diamantes. Aleksei sirve dos vasos de whisky, el mismo que ella pidió en el bar, aunque intenta no pensar en ello.

—Legalmente, la tienes contra las cuerdas, Alek —dice Dimitri, dejando caer una carpeta sobre el escritorio—. En una semana, la firma Reyes es tuya. Puedes quedarte con el proyecto, despedirla y contratar a un equipo alemán para que lo termine. Es lo más limpio. Lo más... Volkov.

Aleksei se mantiene de espaldas, observando su reflejo en el cristal.

—El equipo técnico dice que nadie entiende el alma del sistema como ella —responde Aleksei con voz monótona—. Los alemanes lo harían eficiente, pero ella lo hace... único.

Dimitri suelta una risa corta y camina hacia su amigo, apoyándose en el borde del escritorio con una sonrisa de suficiencia.

—Hablemos claro, Aleksei. Como tu abogado, te digo que el contrato es un regalo. Como tu amigo... te digo que estás obsesionado. No has dejado de revisar sus planos en todo el día no por el coeficiente de absorción de las hojas, sino porque quieres encontrar una excusa para no dejarla ir.

—No digas estupideces, Dimitri —espeta Aleksei, girándose con una mirada que habría hecho temblar a cualquier otro—. Fue una noche. Un error de cálculo. Nada más.

Dimitri levanta las manos en señal de paz, pero sus ojos brillan con malicia.

—Si tú lo dices... Entonces no te importará si me encargo yo de las "visitas de campo". La arquitecta es fascinante. Inteligente, apasionada, con ese fuego mexicano que nos falta a los rusos... —Dimitri hace una pausa dramática, observando la reacción de su amigo—. Quizás después de la inspección la invite a cenar. Ya sabes, para "suavizar" la transición de la empresa. Me vendría bien una mujer así a mi lado.

El vaso de cristal cruje levemente en la mano de Aleksei. El rostro del magnate se vuelve una máscara de una frialdad tan absoluta que Dimitri deja de sonreír por un segundo.

—Ella no es tu tipo, Dimitri —dice Aleksei, su voz bajando a un registro peligrosamente bajo.

—¿Y cuál es su tipo? ¿El tuyo? —desafía el abogado—. Porque si es solo un "activo en problemas", no debería importarte quién la invite a cenar una vez que le quites la empresa.

Aleksei camina hacia su escritorio y deja el vaso con un golpe seco. La mención de otro hombre cerca de Valentina, de alguien tocando lo que él reclamó con tanta ferocidad en la oscuridad, despierta un instinto posesivo que no sabía que poseía. No es solo por el negocio. Es algo primario, algo que nace de la arena y el hielo.

—Prepara la logística para la visita al desierto mañana —ordena Aleksei, ignorando la provocación—. Iré yo. Con ella y con Hassan.

—¿Y yo? —pregunta Dimitri con una ceja levantada.

—Tú te quedarás aquí revisando las cláusulas de incumplimiento —responde Aleksei, dándole la espalda de nuevo—. No quiero distracciones.

Dimitri se encoge de hombros, caminando hacia la puerta, pero antes de salir se detiene.

—Sabes, Alek... el problema de los incendios es que, aunque intentes controlarlos con acero, siempre encuentran una forma de quemarte por dentro. Ten cuidado. Esa mujer no es un plano que puedas archivar.

Dimitri sale y cierra la puerta, dejando a Aleksei solo en la inmensidad de su despacho. El magnate saca su teléfono y observa el número de Valentina. Sus dedos dudan sobre la pantalla. Sabe que el proyecto es viable, sabe que es una inversión maestra, pero también sabe que mañana, cuando el sol del desierto los rodee, la verdadera prueba no será técnica.

La verdadera prueba será ver si es capaz de mirarla a los ojos y seguir fingiendo que ella no es la única estructura que ha logrado agrietar su corazón de hielo.

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