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Capítulo 2: El despertar de la realidad

El sol de Dubái no perdona. Se filtra por los ventanales de la torre Volkov-Tech con una agresividad blanca que parece querer desinfectar la ciudad de los secretos de la noche anterior. Valentina Reyes se ajusta el cuello de su blazer marfil frente al espejo del ascensor. Ha dormido apenas tres horas y el café cargado que sostiene es lo único que impide que sus manos delaten el caos que lleva dentro.

Ha cambiado la seda verde esmeralda por un traje de lino impecable, el cabello recogido en una coleta tirante y un maquillaje mínimo que oculta las sombras bajo sus ojos. Hoy no es "Val". Hoy es la arquitecta jefa de una empresa que se hunde en un mar de números rojos. Hoy es la última línea de defensa de su familia.

—Piso cincuenta y dos. Sala de juntas principal —anuncia una voz sintética.

Valentina respira hondo, llenando sus pulmones con el aire purificado y frío del edificio. Se repite a sí misma que es una profesional. Que lo que pasó en la suite fue un paréntesis, una anomalía necesaria para no romperse bajo la presión. Las puertas del ascensor se abren y camina por un pasillo de mármol blanco tan pulido que puede ver su reflejo deformado bajo sus pies.

Al final del pasillo, dos guardias de seguridad le abren las pesadas puertas de madera de wengué. El impacto es inmediato.

La sala de juntas es un santuario de alta tecnología y minimalismo. Una mesa de cristal de diez metros domina el espacio, rodeada por hombres en trajes oscuros que parecen esperar a una presa. Pero Valentina solo tiene ojos para el hombre sentado en la cabecera.

Siente que el aire se queda atascado en su garganta. Aunque lleva una corbata de seda azul marino y una expresión de absoluta indiferencia, reconoce esa mandíbula, ese perfil aristocrático y, sobre todo, esa energía eléctrica que parece emanar de él.

Es "Alek". El hombre que la reclamó en la oscuridad con una intensidad que todavía siente en la piel.

Su corazón da un vuelco violento, un latigazo de adrenalina que amenaza con derribar su fachada. Una parte de ella quiere dar media vuelta y huir, pero sus pies están anclados al suelo por la responsabilidad.

Aleksei Volkov levanta la vista de su tableta y sus ojos se encuentran con los de ella. Por un segundo, apenas un milisegundo imperceptible para el resto de los presentes, el tiempo se detiene. El azul siberiano de su mirada choca con el avellana encendido de Valentina. Hay un reconocimiento mudo, una chispa de la tormenta de hace unas horas, pero antes de que alguien pueda notarlo, Aleksei cierra la trampilla emocional. Su rostro se vuelve una máscara de acero.

—Señorita Reyes. Es usted puntual —dice él. Su voz es una hoja de afeitar, fría y profesional. No hay rastro del hombre que le susurraba promesas al oído—. Tome asiento. El tiempo es el único recurso que no estoy dispuesto a desperdiciar.

Valentina se sienta, notando que el lado derecho de Aleksei está ocupado por un hombre rubio de hombros anchos que la observa con una curiosidad maliciosa. Es el jefe del equipo legal, un ruso que parece demasiado divertido para estar en una reunión de crisis. Valentina ignora la mirada burlona del abogado y abre su maletín.

—Señor Volkov, agradezco que reciba a nuestra delegación —empieza ella, su voz recuperando la fuerza que ha cultivado en años de obras de construcción—. Como sabe, he dedicado los últimos seis meses a desarrollar una proyección de reestructuración integral para la constructora Reyes. No es solo un plan de pagos; es un cambio de modelo de negocio hacia el desarrollo sostenible en zonas áridas.

Valentina conecta su dispositivo y las pantallas de la sala se llenan de planos, gráficos de flujo de caja y renderizados 3D de jardines verticales capaces de sobrevivir con un consumo mínimo de agua. Es su obra maestra, el proyecto en el que ha puesto su alma para salvar a su padre.

Aleksei se reclina en su silla, entrelazando sus dedos largos sobre la mesa. No mira los gráficos con admiración, sino con la frialdad de un forense que disecciona un cadáver.

—Bonitos dibujos, señorita Reyes —interrumpe Aleksei cuando ella llega a la diapositiva de costos operativos—. Pero Dubái no se construyó con flores y buenas intenciones. Se construyó con logística y retorno de inversión.

Él señala un punto específico en el gráfico de suministros.

—Su proyección asume una reducción del 15% en el costo de los materiales polímeros. Sin embargo, el mercado de crudo está al alza y las rutas de suministro en el Mar Rojo están bloqueadas. ¿Cómo piensa mantener ese margen sin comprometer la integridad estructural de los jardines?

Valentina no parpadea. Estaba preparada para esto.

—Hemos negociado contratos de suministro directo con proveedores locales que utilizan plásticos reciclados de las plantas de desalinización —responde ella, su mirada fija en la de él—. El costo es fijo y el impacto ambiental nos otorga créditos fiscales del gobierno de los Emiratos que compensan cualquier fluctuación en el crudo.

Aleksei arquea una ceja. A su lado, su amigo y abogado, el ruso burlón, contiene una sonrisa. Aleksei se inclina hacia adelante, invadiendo el espacio de Valentina con una agresividad intelectual que la hace ponerse alerta.

—Los créditos fiscales son una variable política, no una garantía bancaria —su voz baja un tono, volviéndose más peligrosa—. Usted propone que yo, como su mayor acreedor, apueste por un modelo que no ha sido probado a gran escala solo porque usted tiene una visión romántica del desierto.

—No es romántica, es necesaria —rebate ella, sintiendo que el calor de la discusión empieza a parecerse peligrosamente al calor del encuentro en la suite—. El modelo tradicional de construcción en esta región es insostenible. Si no innovamos, Volkov-Tech se quedará con una empresa muerta. Mi plan le da una empresa líder.

—Su plan me da dolores de cabeza —espeta él, golpeando suavemente la mesa con un bolígrafo de platino—. He revisado cada detalle de su gestión de los últimos seis meses, señorita Reyes. Usted ha sido brillante en el diseño, pero negligente en la contención de daños. Su padre firmó garantías personales que vencen en exactamente siete días. Una semana.

El silencio que sigue a sus palabras es pesado. Valentina siente el peso de esa semana como una losa sobre sus hombros. Siete días para que Aleksei Volkov ejecute la orden legal y se quede con todo: la empresa, las propiedades en México, el legado de su familia.

—Deme esa semana —pide ella, tratando de que su voz no suene como una súplica—. Déjeme demostrarle con los datos técnicos de la fase uno que el ahorro de agua es real. Si en siete días los sensores no muestran el rendimiento que prometo, firmaré la transferencia de activos sin pelear en los tribunales.

Aleksei se levanta. Es tan imponente como lo recordaba, una figura de autoridad que parece absorber toda la luz de la habitación. Camina alrededor de la mesa hasta quedar justo detrás de la silla de Valentina. Ella puede sentir su presencia, el eco de su perfume de cuero y tabaco, y la tensión sexual que, por más que intenten ocultar, vibra entre ellos como una cuerda a punto de romperse.

—Usted es muy valiente, o muy ingenua —dice él, inclinándose de modo que solo ella puede oírlo realmente—. Cree que puede entrar aquí y convencerme con pasión. Pero en el mundo de los negocios, la pasión es solo un error de cálculo.

Él vuelve a su lugar, pero antes de sentarse, mira al resto de su equipo legal y técnico. El abogado ruso intercambia una mirada rápida con Aleksei, una mirada que Valentina no sabe interpretar, pero que le hiela la sangre.

—Señorita Reyes, su presentación ha terminado —sentencia Aleksei—. Mi equipo analizará sus "proyecciones" hoy mismo. Pero no se haga ilusiones. Mi paciencia es limitada y mis intereses no incluyen salvar a empresas familiares con problemas de liquidez. El reloj ha empezado a correr.

Valentina se levanta, recogiendo sus cosas con una dignidad que le quema las entrañas. Lo mira a los ojos por última vez. Él la observa con una frialdad absoluta, como si anoche ella no hubiera gritado su nombre en la penumbra.

—Entonces no perderé más de su valioso tiempo, señor Volkov —dice ella con veneno en la voz—. Nos veremos en siete días. O antes, si decide que su curiosidad es mayor que su cinismo.

Sale de la sala de juntas con la cabeza alta, pero en cuanto las puertas se cierran tras ella, tiene que apoyarse en la pared para no caer. La sorpresa de encontrar a Alek en esa silla ha sido un golpe brutal, pero la saña con la que ha cuestionado su trabajo le duele más de lo que quiere admitir.

Dentro de la sala, el abogado ruso se reclina en su silla y suelta una carcajada sonora que rompe la tensión.

—Por los clavos de Cristo, Aleksei... —dice el rubio con un marcado acento moscovita—. Si hubieras sido más duro con ella, le habrías pedido que construyera la torre con sus propias manos. ¿De dónde ha salido esa mujer? Porque no parece la típica arquitecta que viene a pedir clemencia.

Aleksei no responde. Mantiene la mirada fija en la puerta por la que Valentina acaba de salir. Sus dedos juguetean con la tableta, pero su mente está en otro lugar. Siente el eco de la voz de Valentina, la forma en que defendió su proyecto y, sobre todo, el hecho de que ninguno de los dos cedió ni un centímetro ante la verdad de lo que pasó entre las sábanas.

—Es solo un activo en problemas, Dimitri —responde Aleksei finalmente, aunque su voz suena menos firme que antes—. Y tengo una semana para decidir si la destruyo por completo o si encuentro una forma de usar esa "pasión" a mi favor.

—Siete días —murmura Dimitri con una sonrisa burlona—. Apuesto a que para el tercer día, ya te habrá tirado el café a la cara... o algo peor.

Aleksei no lo escucha. El reloj de la pared parece latir con cada segundo que pasa, recordándole que el tiempo de Valentina se agota, y el suyo, extrañamente, parece estar empezando a quemar.

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