Mundo ficciónIniciar sesiónEl desierto de Dubái al mediodía no es un paisaje; es una sentencia. El calor es una masa sólida que deforma el horizonte, convirtiendo las dunas en olas de fuego líquido. En la Zona C, a kilómetros de cualquier rastro de civilización, el silencio solo es roto por el viento seco y el crujido de las botas sobre la arena virgen.
Valentina se ajusta el pañuelo que protege su cuello, sintiendo cómo el sudor se desliza por su espalda. A su lado, Hassan y Omar revisan unos planos digitales, intercambiando miradas de incomodidad. No es por el clima. Es por la tormenta eléctrica que parece haberse instalado entre la arquitecta y el hombre que camina tres pasos por delante de ellos.
Aleksei Volkov parece inmune al sol. Viste una camisa de lino que se pega a sus hombros, pero no ha perdido ni un ápice de su postura de mando. Se detiene frente a una cresta de arena y se gira hacia Valentina con una lentitud deliberada.
—Dígame, Reyes —dice Aleksei, su voz cortando el aire como un látigo—, ¿pretende que construya un muro de contención de tres metros en este sector? Financieramente es un suicidio. Si usamos hormigón reforzado estándar en lugar de su "sistema poroso", ahorraríamos dos millones de dólares y terminaríamos un mes antes.
Valentina camina hacia él, hundiéndose en la arena pero sin perder la dignidad. Se detiene a escasos centímetros, obligándolo a bajar la mirada para encontrar sus ojos avellana, que ahora brillan con una ferocidad salvaje.
—Si usa hormigón estándar, señor Volkov, el calor se acumulará en la base y las raíces del jardín vertical se cocinarán en menos de un ciclo lunar —responde ella, su voz vibrando de convicción—. Usted quiere terminar rápido para engrosar su cuenta bancaria. Yo quiero que este edificio siga respirando cuando nosotros estemos muertos. No voy a firmar un proyecto que es un fraude ecológico solo porque usted tiene prisa por comprarse otro jet privado.
Hassan carraspea, fingiendo un interés súbito en una duna lejana. Omar se limpia el sudor de la frente, mirando al suelo. La tensión es tan densa que se podría cortar con un cuchillo.
Aleksei siente una punzada de frustración que se mezcla peligrosamente con una admiración que intenta sofocar. Ha pasado años rodeado de hombres y mujeres que se doblan ante su sola presencia, que asienten a sus sugerencias para ganar su favor o evitar su ira. Pero Valentina Reyes es distinta. A pesar de que él tiene su vida y la de su familia en un puño de acero, ella no cede.
Él la observa, notando cómo un mechón de cabello oscuro se ha escapado de su coleta y se pega a su sien húmeda. El recuerdo de esa misma piel bajo sus manos en la suite del Armani lo golpea como una ráfaga de aire caliente, pero la frialdad con la que ella lo trata —una distancia profesional casi insultante— lo irrita profundamente.
¿Cómo es posible que después de la noche que compartieron, ella sea capaz de mirarlo como si fuera un simple obstáculo técnico?
—El dinero es lo que hace que este país se mantenga en pie, Reyes —espeta Aleksei, dando un paso invasivo hacia ella—. Sin mi capital, sus ideales son solo castillos de arena que el viento se llevará mañana. Sea realista. Acepte el cambio de material y le garantizaré que su empresa recibirá el pago por adelantado.
Valentina suelta una risa seca, cargada de desprecio.
—Ese es su problema, Volkov. Cree que todo el mundo tiene un precio —ella da un paso más, quedando tan cerca que él puede ver el reflejo del sol en sus pupilas—. Mire a su alrededor. Este desierto ha estado aquí mucho antes de que su familia tuviera un solo rublo y estará aquí cuando su imperio sea polvo. Para mí, usted no es más que un hombre con muchos ceros en el banco y muy poca visión en el alma. Mi ética no está a la venta. Si quiere un arquitecto que le diga "sí" a todo para ahorrar dinero, despídame ahora mismo y ejecute la deuda. Pero no me pida que sea cómplice de su mediocridad.
Omar y Hassan se miran, aterrados. Nadie le habla así a Aleksei Volkov. Nadie.
Aleksei aprieta la mandíbula con tanta fuerza que le duele. La frustración arde en su pecho. Quiere que ella se rinda, que admita que lo necesita, que busque en él la protección que solo un hombre de su poder puede ofrecer. Pero al mismo tiempo, el placer de verla defender su integridad con esa ferocidad lo atrae de una manera que no puede controlar. Es un estira y afloja brutal: él intenta aplastarla profesionalmente para ver si ella busca clemencia personal, y ella responde atacando los cimientos de su visión del mundo.
—Tiene usted mucha lengua para alguien que está a seis días de perderlo todo —dice él, su voz bajando a un susurro peligroso que solo ella puede captar.
—Prefiero perderlo todo con las manos limpias, que conservarlo siendo su marioneta —sisea ella de vuelta.
Valentina se gira hacia los técnicos, dándole la espalda a Aleksei en un gesto de desprecio absoluto que lo deja paralizado por un segundo.
—Hassan, Omar —dice ella con autoridad—, vamos a la zona de drenaje. Si el señor Volkov ha terminado de jugar a ser el dueño del mundo, me gustaría seguir trabajando.
Los dos hombres asienten rápidamente y comienzan a caminar, casi corriendo para alejarse del radio de explosión de Aleksei.
Aleksei se queda solo por un momento, observando cómo Valentina camina sobre la arena con la cabeza alta. Siente una rabia fría y una excitación que lo confunde. Ella no sabe que Dimitri sabe lo que pasó entre ellos. Ella actúa como si esa noche hubiera sido un espejismo, un error que su mente ha borrado para proteger su ética impecable.
Él se pregunta qué pasaría si en este momento la tomara por el brazo, la girara y le recordara con un beso quién tiene el control. Pero sabe que, si lo hiciera, ella no se derretiría. Ella pelearía. Ella lo odiaría más. Y, extrañamente, esa resistencia es lo que lo mantiene obsesionado.
Alcanza al grupo justo cuando Valentina está arrodillada en la arena, señalando una veta de roca caliza.
—Si excavamos aquí —explica ella a los técnicos—, podemos usar la piedra natural para el filtrado. Es más barato que el hormigón y mucho más eficiente. Requiere más mano de obra, pero el resultado es eterno.
Aleksei la observa en silencio. Ella ha encontrado una solución que ahorra dinero sin comprometer la ética. Es brillante. Es terca. Es exasperante.
—Hassan —dice Aleksei, interviniendo con una voz que ya no es tan agresiva, pero sigue siendo firme—, haga lo que ella dice. Pero si el cronograma se retrasa un solo día por la excavación manual, la responsabilidad será exclusivamente de la arquitecta Reyes.
Valentina se levanta y se sacude la arena de las manos. Lo mira con una frialdad que lo corta.
—Acepto la responsabilidad. A diferencia de usted, yo sí cumplo mis promesas.
El resto de la tarde transcurre en una tensión asfixiante. Cada vez que sus manos se rozan por accidente al señalar un plano, Valentina se aparta como si se hubiera quemado con ácido. Aleksei, por su parte, no deja de buscar su mirada, intentando encontrar una grieta en su armadura, un rastro de la mujer que se deshizo en sus brazos hace cuarenta y ocho horas. Pero solo encuentra a la arquitecta que lo desprecia.
Cuando el sol comienza a teñir el cielo de un naranja sangriento, regresan a los vehículos. Hassan y Omar se despiden con una rapidez cómica, subiéndose a su coche y arrancando antes de que la tensión termine por hacer estallar los cristales.
Aleksei y Valentina se quedan solos junto al todoterreno negro. El viento del atardecer empieza a enfriar el ambiente, pero el aire entre ellos sigue ardiendo.
—Mañana revisaremos la logística de la mano de obra —dice él, apoyándose contra la puerta del coche—. No crea que esto significa que he cambiado de opinión sobre su empresa, Valentina. Sigo teniendo el contrato de ejecución en mi escritorio.
Valentina abre la puerta del copiloto, pero antes de entrar, lo mira por encima del hombro. La luz dorada del desierto baña su rostro, dándole un aire de diosa guerrera.
—No esperaba menos de usted, Aleksei. Al final del día, usted es solo un hombre de negocios. Y yo... yo soy la mujer que va a demostrarle que hay cosas que su dinero jamás podrá comprar.
Cierra la puerta con un golpe seco. Aleksei se queda fuera, rodeado por la inmensidad del desierto que empieza a oscurecerse. Se toca el labio inferior con el pulgar, sintiendo todavía el eco de la ferocidad de ella.
Seis días.
El tiempo se agota, y Aleksei Volkov empieza a darse cuenta de que, en esta guerra de voluntades, es muy probable que él sea el primero en quedar sepultado bajo la arena.







