El militar que empujaba a Kentin fuera de la sala de arribos se detuvo y mi esposo me miró con esos ojos que parecían demasiado grandes para su rostro. Se lo notaba cansado por todo lo que había tenido que vivir, estaba pálido y ojeroso; sus manos parecían ser dos guantes de piel unidos directamente a sus huesos. Había perdido la tonalidad muscular ganada antes de ir a la guerra, su cabello se lo notaba opaco y sin vida, vi que le faltaban varios trozos de pelo en la cabeza, pero lo que más me